Tomado de Suplemento
Niños y Niñas que crecen,
La Nación , Setiembre 2010
El cambio de Gregorio
Una mañana de sábado Gregorio se despertó muy
temprano con los pies helados. Había dado vueltas en la cama toda la noche
porque no encontraba acomodo, algo extraño le estaba sucediendo, pero no sabía
qué, solo sentía el hielo en sus pies. Esta no era una mañana como las otras.
Acostado, recorrió con su mirada las paredes y el
techo del cuarto en busca de alguna novedad, pero todo estaba igual: los
dibujos que había hecho en la “pared de pintar” –como llamaba a una de las
paredes de su cuarto sobre la cual, desde muy pequeño, su madre le había
permitido pintar lo que quisiera- eran los mismos de siempre, punto o línea de
más, ni una huella o mancha de color que no estuviera antes; el afiche del oso
panda seguía colgado en la pared del frente de la cama, al lado de la foto que
le habían tomado en el jardín infantil cuando tenía tres años; en el muro de la
izquierda, junto al clóset sobre cuyas puertas brillaba un universo de
estrellas y planetas fosforescentes, permanecía colgado el ropero de gatos que
le había regalado su amiga Laura el día que cumplió seis años; el móvil de
avión antiguo pilotado por un niño acompañado de un perro pendía del techo, al
igual que el dragón y la lámpara azul de carritos; el afiche demillos no se
había movido encima de la cabecera de la cama, como tampoco se había volado el
ángel que su mamá le había colgado al lado; la biblioteca seguía en el mismo
lugar, guardando los mismos libros de cuentos infantiles, de manualidades, de
animales y aviones y los de Harry Potter. No había ninguna novedad, la cama y
la mesa de noche, el escritorio y la grabadora ocupaban su sitio.
El hecho de no haber encontrado nada nuevo después
de su minuciosa inspección visual a la habitación, donde dormía desde que era un
bebé, no libraba a Gregorio de la sensación de que ya nada era lo mismo. De
pronto, el cuarto le pareció muy pequeño. Tuvo ganas de cambiar el afiche del
oso panda por uno de su cantante preferido y guardar el ropero de gatos en la
maleta que tenía en la parte superior del clóset. Asimismo, decidió regarle a
su hermana menor los libros de cuentos infantiles y pedirle a su mamá que le
cambiara la lámpara azul de carritos y le pintara de un solo color la “pared de
pintar”. También resolvió cambiar la foto de cuando era un niñito de tres años,
por otra más reciente.
Gregorio tomaba estas decisiones en su mente, sin
levantarse de la cama, hasta que el hielo en sus pies se hizo insoportable.
Entonces levantó la cabeza de la almohada para ver qué le sucedía y vió que sus
pies estaban por fuera de la cama, ya no cabía en ella. En seguida comprendió
que quien estaba cambiando era él, que estaba creciendo y ya no veía las cosas
con los mismos ojos; de hecho, la semana siguiente cumpliría 11 años.
Cuándo tirar los juguetes
La
transición de niño a pre adolescente cambiará todo el entorno de sus hijos,
empezando por el cuarto y sus tesoros infantiles. Deje que ellos mismos tomen
la iniciativa de cambiar sus juguetes por afiches.
Gregorio
un joven de 11 años tenía sus pies helados, mientras observaba su habitación
repleta de dibujos y figuras de bebé. De un pronto a otro su cuarto se le hizo
pequeño y se mostraba incluso, incómodo hasta con las fotos de su infancia que
reposaban junto a su cama.
Sus
pies helados dieron la explicación. Gregorio creció y la cama con respaldar de
niño, así como la pequeña cobija, ya no lograban alcanzar su rápido
crecimiento. Era el momento de hablar con mamá sobre los nuevos cambios que
requeriría su cuarto.
Por Erick Jarquín

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